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El amor en los tiempos de Internet

Ahora cuando la gente anda obsesionada por el cultivo de la imagen y trabajar a destajo para pagar la hipoteca (que sabemos de por vida), surge una manera nueva de comunicación para muchas personas: las relaciones por Internet. Encendemos el aparatito, comprobamos el antivirus y, al momento pinchamos en el correo para recoger esos correos basura que no dicen nada, esos otros correos piratas, mal intencionados de gente que, por lo visto, ha de estar aburridísima o se siente bien haciendo el mal y nos envían esos virus que revoluciona el sistema operativo (vamos como si del sistema nervioso hablásemos), y el monitor comienza a encenderse y a apagarse, como un potrillo encabritado que nos tirase al suelo de la inacción. Sin embargo, llegan otros mensajes. Hay otras oportunidades en la pantallita misteriosa: el chateo, el flirteo, la necesidad de hallar detrás del cristal en la lejanía el alma gemela que sin rostro te entienda. Porque, a la postre, ¿Cómo saber por Internet que Luis se llama, Luis, que es argentino, moreno y, que por la foto que envía, es alto, bien parecido…? En fin, una prenda de hombre en la edad de enamorar y de enamorarse. O lo crees o lo olvidas. Nunca se sabe. Podría resultar que Luis fuera un abuelete de Guadalajara o de Sevilla, y que se estuviese amparando tras la foto de uno de sus nietos más atractivo. A través de la palabra y del dialogo, muchos son capaces de expresar sus más puros sentimientos, amparados por la libertad que proporciona el anonimato, sin que otros ojos les coarten. Las cartas amorosas, en tiempos pasados, las conversaciones telefónicas entre desconocidos, las citas a ciegas, podrían ser la antesala de Internet. Pero ningún otro medio de comunicación ofreció nunca tantas posibilidades para la comunicación humana, la libertad de expresión, para la verdad y para la mentira, para engañar y para ser engañado. De todos modos no podemos obviar en el terreno personal que ha llegado a ser una de las terapias más eficaces para paliar la soledad de tantos y de tantas. Son muchas las parejas que cimientan su relación a través de este medio tan vituperado como elogiado.

"Hola, soy Rosa. Y yo Juan. De dónde eres, Rosa. Soy de Madrid. Y tú. Yo de Mahón".

Posiblemente pueda comenzar así una relación que termine en boda, en pareja de hecho, de despecho…, o vaya usted a saber, porque en las líderes amorosas nunca se sabe. Llega un momento que el ordenador se queda en casa, y Luis el argentino atraviesa el océano Atlántico para abrazar a su amada internauta que está en Murcia y en el café que ella le ha indicado para celebrar el encuentro. Alguna que otra vez, algunos se quedaron compuestos y sin novio o sin novia. Permanecieron allí, y el tal Luis no apareció por ninguna parte, o la chica de Murcia deja plantado a Luis porque tiene otro novio en Albacete y no quiere perderlo. En fin, el amor en los tiempos de Internet. Ábrase la ventana, y el Google nos transporta al portal que buscábamos. Un perfil nos reclama. ¡Oh!, seguramente es el hombre de mi vida, o la mujer de mis sueños. “Estoy en Cuenca. Y tú?” “Yo en Sevilla”. “Me gustaría conocerte, ya sabes, con el Ave no hay distancias”.

 

BELLEZONES

Están en todas partes con sus cuerpos exultantes, tallados en el gimnasio, modelados (en muchos casos) por el cirujano; en fin, producto de una más o menos juventud corregida y aumentada. Parecen clónicas: las mismas melenas, los mismos pechos, la misma pose, ¿el glamour?, la misma actitud de modelo de pasarela, esgrimiendo una especie de altanera superioridad.

A veces una piensa: a dónde vamos a llegar las mujeres con tanto esmero por la figura femenina, y hasta dónde vamos a confundir a los varones, que casi pierden los ojos y la cabeza ante tanto bellezón irresistible. No somos muñecas de escaparate, ni mujeres de goma fabricadas para la televisión y el recreo de la barra, el club o algo todavía peor (la venta del cuerpo). Somos trabajadoras, pensadoras, madres de familia o mujeres independientes, mujeres solas, voluntariamente, o por otras razones de la vida, pero jamás juguetes de la moda o de la pantalla o de la sociedad de consumo que nos consume.

Me pregunto: Cómo es posible ser a las ocho de la mañana empleada pública (pongo por caso), ama de casa a las tres de la tarde, madre de familia, señora de su señor, y mantener ese cuerpo yogurt y competitivo, sin que a una se le suba la tensión, le baje el azúcar o se muera de un sofoco en el gimnasio.

    Estamos atravesando las mujeres (muchas) por la esclavitud más dura de todos los tiempos. Una esclavitud voluntaria y asumida en pro de la belleza. Ya no tenemos tiempo ni para quejarnos de la regla, ni podemos permitirnos el lujo de las ojeras o el mal cuerpo. Hoy somos tan monótonas como los hombres. Siempre al pie del cañón de la superficialidad y del maquillaje. Ahí están los estereotipos que nos venden desde todas las pantallas: Claudia Chiffer, Nicol Kidman, Jennifer López.... Tenemos que convertirnos en alguien capaz de seducir al personal. Hemos de ser el centro en la oficina, en la calle, en el bar. No hay que regatear esfuerzo, podemos pagar nuestra reforma física en cómodos plazos, como si fuésemos un electrodoméstico. Bien lo saben estas muchachas operadas de casi todo, que trabajan para rehacerse, para transformarse, para llegar a ser esa” mujer diez”, con la que sueñan. Y después de tanta operación y tanto esfuerzo ¿cómo vamos a redondear la cintura con un embarazo, cuando esa criatura ha sido capaz de prescindir de sus dos ultimas costillas para obtener un talle de pitiminí?

Hay días que una no saldría a la calle por tal de no cruzarse con esos bellezones que, seguramente, si te miran, lo harán por encima del hombro. Porque habitualmente las mujeres diez no miran a nadie. Están permanentemente obsesionadas con sus ombligos.

Publicado en "Diario de Sevilla" el día 8/7/2003

 

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